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La masonería suele presentarse hoy como una escuela de filosofía, de moral o de formación cívica. Lo repetimos tanto que muchos acaban creyendo que ese es realmente su núcleo. Y, sin embargo, basta detenerse un momento a mirar con cierta profundidad para darse cuenta de que ahí falta algo esencial.
Los manuales modernos insisten constantemente en definir la masonería como una institución moral, filantrópica y filosófica. Esa idea ha terminado convirtiéndose casi en un dogma. Pero cuando uno se aproxima a autores como René Guénon comprende que reducir la iniciación a ese terreno significa vaciarla de su dimensión más profunda.
La moral pertenece al ámbito social. Sirve para ordenar la convivencia humana, para establecer criterios de conducta, para orientar la vida cotidiana. Todo eso puede ser valioso y necesario, pero la iniciación trabaja en otro plano. El verdadero trabajo iniciático no consiste en fabricar ciudadanos ejemplares ni en enseñar normas éticas más refinadas. Tiene que ver con una transformación interior del ser, con leyes espirituales que operan con independencia de nuestras opiniones personales.
Por eso resulta tan pobre esa visión moderna según la cual la masonería consiste en “aplicar los símbolos a la vida diaria” para alcanzar equilibrio emocional, éxito social o perfeccionamiento moral. Eso puede aparecer como una consecuencia secundaria del trabajo masónico, pero convertirlo en el objetivo principal es rebajar completamente el sentido de la iniciación.
Si las herramientas simbólicas de la masonería solo sirvieran para transmitir lecciones morales básicas, no habría ninguna necesidad de ritos, símbolos, grados ni misterios. Bastaría con leer filosofía, estudiar ética o escuchar consejos de sentido común. El simbolismo iniciático existe precisamente porque apunta hacia algo que no puede expresarse de manera directa y racional.
Tampoco creo que la masonería sea, en esencia, el estudio de la filosofía. La filosofía analiza, discute, formula sistemas. Funciona a través del razonamiento discursivo y del lenguaje ordinario. Pero el símbolo opera de otra manera. El símbolo no disecciona la realidad; al contrario, la sintetiza. No pretende encerrar la verdad en definiciones, sino despertar en el iniciado una comprensión interior difícil de traducir en palabras.
La diferencia es importante. El filósofo gira alrededor de las cosas intentando comprenderlas desde fuera. La vía iniciática busca penetrar en el centro mismo de la experiencia. El rito, el silencio, la contemplación simbólica y ciertas vivencias interiores conducen a una forma de conocimiento que no depende únicamente de la razón.
Por eso los antiguos misterios nunca tuvieron como finalidad principal mejorar la sociedad o producir personas moralmente correctas. Su propósito era mucho más ambicioso: desarrollar plenamente las posibilidades del ser humano y acercarlo a una realidad superior que trasciende lo individual.
El problema del mundo moderno es que ha olvidado casi por completo esa dimensión. Hemos convertido los templos masónicos en espacios de debate intelectual o en asociaciones benéficas con símbolos antiguos. Hemos conservado las formas exteriores mientras perdíamos poco a poco la comprensión de aquello para lo que fueron creadas.
La masonería puede ayudar a un hombre a ser mejor. Puede hacerlo más reflexivo, más equilibrado o más consciente de sus actos. Pero quedarse ahí es quedarse en la superficie. La iniciación, entendida en sentido tradicional, apunta mucho más alto. Busca despertar algo que normalmente permanece dormido en el interior del ser humano.
Y quizá esa sea la pregunta importante: si la masonería fuese solamente moral o filosofía, ¿por qué tantas generaciones protegieron sus símbolos, sus ritos y sus misterios con tanto celo?


