En Europa hemos importado con entusiasmo el Black Friday, pero hemos ignorado la celebración que le da origen: el Día de Acción de Gracias, que se conmemora cada año el 4º jueves de noviembre.
El Día de Acción de Gracias suele percibirse como una tradición norteamericana, vinculada a cenas familiares, cosechas otoñales y celebraciones comunitarias. Y, sin embargo, sus raíces históricas y, sobre todo, el espíritu que encierra, tienen una sorprendente afinidad con los valores que la masonería ha cultivado durante siglos: gratitud, reflexión, fraternidad y reconocimiento de lo trascendente.
Lo que hoy conocemos como Acción de Gracias fue instituido oficialmente en 1789 por el presidente George Washington, a propuesta del congresista Elias Boudinot. Ambos eran masones. Aquella proclamación no buscaba únicamente fijar una fecha para un festejo civil, sino dedicar un día a agradecer, como nación y como individuos, los dones recibidos: la vida, la libertad, la comunidad, la posibilidad de construir un futuro más justo.
Pero esta conexión no se limita a la historia. También existe una profunda resonancia simbólica y filosófica entre Acción de Gracias y la vivencia masónica.
La gratitud como piedra angular del crecimiento interior
En masonería, la construcción del “templo interior” comienza por reconocer aquello que uno ha recibido: oportunidades, aprendizajes, personas que han marcado nuestro camino, y hasta los desafíos que han templado nuestro carácter.
Acción de Gracias invita exactamente a eso. No a un optimismo ingenuo, sino a una mirada honesta hacia lo que sustenta nuestra vida. Es un recordatorio de que no avanzamos solo por nuestras manos: siempre hay una corriente de vida, de historia, de providencia (llamémosla como queramos) que nos impulsa. Para un masón, este gesto de agradecimiento es una forma de volver a conectar con la Luz que orienta nuestro camino.
Un puente entre culturas y comunidades
La celebración original de 1621 unió a colonos ingleses y a la nación Wampanoag en torno a una mesa compartida. En aquel encuentro imperfecto, pero significativo, se mezclaron lenguas, culturas y creencias distintas. Es difícil imaginar un símbolo más claro de fraternidad y convivencia.
La masonería, desde su origen, ha buscado precisamente eso: un espacio donde mujeres y hombres de caminos diversos encuentren un punto de encuentro en torno a la construcción personal y colectiva.
Por eso, aunque Acción de Gracias pertenezca a una tradición cultural concreta, su espíritu no está limitado por fronteras geográficas. Una logia o una comunidad masónica en Hispanoamérica o Europa puede encontrar en esta festividad un recordatorio de su propia vocación: reunir a personas distintas bajo un propósito común.
Una invitación al silencio, la reflexión y la trascendencia
Aunque muchas celebraciones del Día de Acción de Gracias se viven hoy de forma secular, su esencia sigue siendo profundamente espiritual: detenerse, tomar conciencia, agradecer.
En el trabajo masónico esta actitud es central. La gratitud abre la puerta a la humildad, y la humildad abre la puerta al conocimiento interior. Agradecer al Gran Arquitecto del Universo, o simplemente a la vida, según la sensibilidad de cada cual, es un acto de reconocimiento: no somos dueños absolutos de nuestra historia, sino artesanos que trabajan con materiales que también nos son dados.
Esta perspectiva conecta Acción de Gracias con la dimensión más profunda de la masonería: la búsqueda de sentido, la elevación espiritual y la vida consciente.
¿Deberíamos adoptar esta celebración?
Aunque no forme parte de nuestras costumbres, la celebración de Acción de Gracias, sea en la fecha tradicional o en otra, puede transformarse en una herramienta interior y fraternal:
- Un momento anual de reflexión común, donde cada hermano comparta, si lo desea, aquello por lo que se siente agradecido.
- Una oportunidad para reforzar la fraternidad, recordando que en la vida de cada uno intervienen también los demás.
- Un ejercicio de memoria, honrando lo que hemos recibido como logia: las personas, los trabajos, los aprendizajes, incluso los desafíos superados.
- Una ocasión para elevar una plegaria o meditación, cada cual según su creencia, en reconocimiento de la vida y del propósito que guía nuestro camino.
No se trata de “importar” tradiciones ajenas, sino de reconocer su valor universal y permitir que inspiren nuestro propio camino.
Acción de Gracias y la masonería comparten una misma raíz: la convicción de que la vida debe vivirse con conciencia, gratitud y un sentido profundo de fraternidad.
Lo que comenzó como una celebración de cosechas y supervivencia, más tarde reforzada por la iniciativa de dos masones, se ha convertido con el tiempo en un recordatorio de algo esencial: somos parte de una historia mayor, sostenidos por dones que nos preceden y acompañados por manos que nos ayudan a levantar nuestro templo interior.
Para una logia hispana, Acción de Gracias puede ser una hermosa excusa para detenerse, mirar hacia dentro y reforzar el lazo que nos une como buscadores de luz. Es, en definitiva, una celebración que nos invita a ser mejores constructores de nuestro propio destino.




